Introducción

El consumo de bebidas alcohólicas está muy arraigado en nuestra sociedad y cultura. La mayoría de las personas las han probado alguna vez en su vida. Se bebe para celebrar, para socializar, por placer, relajación, en fiestas con amigos y familiares, para cambiar el ánimo y por otros muchos motivos.

El consumo de alcohol asiduamente o semanalmente en una sola ocasión, puede tener consecuencias sobre la salud, tanto a corto plazo como a largo plazo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que no hay un nivel de consumo seguro de alcohol y la situación más saludable es beber cuanto menos alcohol mejor.

Es importante resaltar también que el alcohol es una sustancia psicoactiva con efectos inmediatos placenteros, pero que a medida que aumenta la frecuencia y la cantidad ingerida puede producir efectos adversos. Hay efectos, como las lesiones por accidentes de tráfico o por violencia, que se pueden producir de forma inmediata. Otros, como la afectación de algunos órganos como el hígado, la disminución de nuestras defensas o la aparición de enfermedades crónicas como el cáncer, se podrán producir a más largo plazo.

Otro factor a tener en cuenta es que el alcohol no afecta de la misma manera a todas las personas ya que el peso, la talla corporal, la edad, el sexo, la experiencia en el consumo, la genética, el metabolismo individual, la nutrición y otros factores sociales relacionados con la persona que consume, las pueden hacer más o menos vulnerables a desarrollar enfermedades relacionadas con el alcohol.

Por todas estas razones, para mantener la salud, independientemente del motivo por el cuál bebemos, es importante decidir qué papel va a jugar el alcohol en nuestras vidas.